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Hace frío, un chingo para ser mas precisos. Sueteres y chamarras, bufandas, gorras y guantes son lo del momento... hasta que aparece ella. Escote enorme que deja ver el encaje negro del sostén, mayones que aparentan mezclilla acompañados de botas y un andar coqueto, todo ello forrado en un delgado sueter de botones. Me mira y sube al vagón. Viajamos sentados frente a frente. Me observa y me desnuda, puedo asegurar que me coge. No la soporto y juro que es prostituta, psicópata... quizá hombre. Ni madres, tiene pechos... y grandes, desde aquí se ven, manos pequeñas, casi de adolescente, y una bolsa poco llamativa colgada del brazo y semioculta bajo el sueter. No la miraré.
Trato de concentrarme en algún punto, en las luces del túnel, en los anuncios, en el mapa de estaciones, en el sonido del metro, en las personas que suben... es inútil, la muy insolente continúa observando, buscando mi mirada, moviendo rápidamente los pies para llamar mi atención... y lo logra: sin dejar de mirarme, saca un brazo de su sueter para extraer de abajo su bolso, se ve mas escote, mas carne y mas encaje. Es provocativa. La miro fijamente y no aguanto mucho. Sus pupilentes de color verde me vencen, me violan otra vez. Solo atino a hacer una mueca que quiere ser una sonrisa; ella, en cambio, sí me sonríe. Volteo a ver la luna que ahora asoma por la ventanilla después de salir del túnel. Luna llena.
Llega mi estación, espero un momento para bajar y lo hago cuando suena ya el timbre que precede al brusco cerrón de puertas. Subo nervioso las escaleras y no puedo evitar pensarla.
Solo su mirada bastó para que dudara por un momento de mi, para que creyera, quizá como muchos, sobre lo laxo de su honorabilidad, pero admitámoslo... parecía puta.

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