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¡Esta vez necesito hablar y que me escuches!...
Así comenzó el exorcismo de mis demonios, mi catarsis, mi despedida.
Me duele aceptar que fracasé, que debo renunciar a tí, que te perdí. Mientras lo decía las lágrimas se resbalaban por mi cara y goteaban mi escritorio.
Decirlo era justo, era necesario.

Ella escuchó, con paciencia lo hizo, protestó y cedió. Eso fue importante para él. 
Al fin después de tanto tiempo, él aceptó que nada había sido perfecto, que el amor y el ceder los habían perdido. Ahora, en una llamada simplemente se reencontraban, se reconocían, se admiraban y se sinceraban.

Al colgar no dije que te quiero. Tú tampoco. No dije que te admiro, ni que te extraño.Creo que lo sabes y quizá no baste, pero ahora seguro lo sabes.

La despedida de ambos fue un reencuentro, un poquito, de sí mismos; saberse que al menos su sintonía  va esta vez por el mismo camino y que al menos la tormenta pasó aunque sigan empapados. 

Creo que las palabras esta vez valieron la pena. Gracias por sacarme de la furia y alejarme de la melancolía. Gracias por dejarme hablar. Gracias por escuchar y por estar. Gracias por aceptar mi llamada. Gracias por todo.


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