Crónica

Quisiera que hubiera silencio, pero si lo hubiera sería algo pendejo. En el lugar solo hay música de banda y ella es como un tango para mi adolorido y enamoradizo corazón. Prefiero hacer como que no escucho y comienzo a coleccionar sin la más mínima piedad vasos carentes de alcohol y colillas de cigarro a mi alrededor. Tomo como si cada trago no tuviera ese sabor de la chingada que tiene la virud de confundirse entre otros sabores conforme avanzo en su minimización, a la misma vez como tomo fumo pues no me parece justo dejar de contaminarme al parejo. Una vez alcoholizado volteo de un lado a otro y algunas mujeres me obsequian sonrisas y yo a cambio les obsequio mi constante erección.
Con apuro me levanto al baño, y veo con asco y asombro que el orinal está atascado de limones partidos, se me hace estúpido pero en verdad que es el primer orinal que no apesta a orines, pero desgraciadamente el agua de limón nunca me sabrá igual.
Regreso a mi asiento, las mujeres allí siguen, beben sin piedad, una pone los ojos en blanco, intenta pararse, no puede, trata de agacharse, infla de pronto los cachetes y suelta copiosamente su carga estomacal sobre una de sus acompañantes. ¡Puta! ¡Qué pinche asco!
volteo a mi mesa, miro mi pantalón y sigo sintiendo la palitación caliente de mi erección.
Mi mirada comienza a perderse y creo que es hora de regresar. Quizá mañana tenga más suerte.

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