Existen lugares creados para no estar solo en ellos y mi mente está llena de muchos; todos esos lugares son hermosos, siempre y cuando esté allí con la persona adecuada, ya sea la que comparte conmigo ese recuerdo o aquella que con su poder presencial logra neutralizarlo, hacerlo más humano y digno de un buen olvido, aunque sea por un segundo.
Así, las eternamente verdes jardineras de "aquella" universidad en la que estuve mucho rato me recuerdan a "ella", con su nombre y mi nombre garabateados una mañana soleada en la carne viva de una recién podada palmera; las frías noches con música de La castañeda en mi primer departamento con su gran compañía; las húmedas tardes en bici por los caminos tabasqueños con la genial vista de la sierra y el estruendoso ruido del río o una noche en las bulliciosas calles de San Cristóbal con ganas de diversión ignorando que nos teníamos a los dos...
Mis mañanas desnudo en un pequeño cuarto azúl que no era mío y olía a vainilla, con una taza de rico café en mi mano y la magnífica contemplación del cuerpo desnudo de "aquella"; una noche acurrucado en su pecho en un viaje casi eterno a la ciudad, rematado en una cafetería en la Del Valle comiendo una dona de canela y escuchando las razones acerca de que lo mejor siempre es el azúcar moscabada...
Los atardeceres de quince minutos, con un café caliente en mis manos, un chocolate de almendras en la boca y unos labios que no paraban de moverse pero que me conquistaban con el paisaje en extremo inadvertido del paseo de la reforma; una caminata en busca de una crepa casi perfecta en un bulevar sin carros por que estaba en reparación, avenida que he soñado ya tantas veces que no sé distinguir entre la realidad del pasado y la realidad de mis sueños; sentados en el sillón de nuestra pequeña sala amarilla tratando de comer como cirqueros con el plato en nuestras piernas...

Así, llego a otros recuerdos, de noches frías, melancólicas, acompañadas de café expreso y pensamientos suicidas, con la soledad de recorrer una casa helada y oscura, con eco y sin "ella", sin ti. Una casa que fue de gritos que llamaban a desayunar, a cenar y muy pocas veces a comer...
En esa casa odié las tardes y sus noches por que parecía que yo ya no tenía recuerdos, solo una mente en blanco y que poco a poco comienzo a despejar... ahora esa casa parece borrosa y tierna...


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