déjà vu
Me arden las manos, se me queman los ojos, siento que ya no aguanto.
Me siento frente a la ventana, es tarde y ya no hay sol, miro el cielo y pienso en los papeles que he leído.
Me duele la cabeza, supongo que es la memoria, después me siento solo, muy solo.
Las palabras leídas se sobreponen frente a lo que miro en la ventana: 'detenido mientras repartía propaganda', detrás, unos niños juegan fútbol. 'detenido. campo', detrás, unas niñas corren tras un perrito. ¿Cuántas veces he soñado con lo que leo? He mejorado, ahora solo alucino letras, que a veces son mejores que las imágenes.
Las lágrimas de nueva cuenta se me contienen. No quiero pensar más en 'esto' que más bien es 'ellos'.
Cierro la cortina y apago la luz, me acuesto un momento en el piso frío para que refresque mi cabeza. Adormilado escucho que alguien pelea en la calle, pienso en mis vecinos borrachos que una vez más se parten la madre a manazos en las lonjas, pero no pueden ser ellos, no es madrugada de lunes. Alguien insulta, otro más suplica, entre abro la cortina y miro una 'combi' nueva, con todos los logos y colores de ser de transporte público, pero sin los números de ruta y el clásico que las identifica entre sí. No lleva placas y tras ella hay otra camioneta igual y fuera de ellas cinco tipos altos y medio mameyes de esos que tienen panza de chelero y con corte de reguetonero. Recuerdo de inmediato las fotos de los policías estatales que se disfrazaban de 'civiles' para detener manifestantes hace un año. Los mameyes discuten con alguien a quien solo alcanzo a verle los pies y noto que trae una mochila, lo golpean y lo suben a una 'combi', el de la mochila se resiste y se zangolotea en la entrada, 'alguien' de mi lado de la banqueta grita: ¡Ya párenle culeros! los mameyes voltean a todos lados y no ven a nadie. Rápidamente se reparten entre las dos camionetas. Miro las siluetas de unos brazos que caen pesadamente sobre el 'levantado' una y otra vez. Escucho sus gritos. La 'voz de mando' grita: ¡Chíngale cabrón, no te detengas hasta donde ya sabes!
Aceleran y se pierden al dar vuelta a la esquina.
La calle está vacía, nadie juega, nadie sale.
Me siento en el suelo de mi oscuro cuarto y mis piernas tiemblan. Miro la silueta de mis libros y mis papeles. Mis ojos están llenos de lágrimas y me siento estúpido porque sé muy bien qué es lo que pasa con quienes desaparecen, porque hay cosas que no han cambiado desde hace cuarenta años.
Pasa más de una hora antes de que suene algún ruido en la calle. Más tarde escucho, como todas las noches, una ráfaga de disparos a lo lejos. Nueve disparos. Seguramente una 'escuadra', seguramente '.45 mm', seguramente 'irreconocible'.
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