El placer de la soledad
Él se había quedado solo y estaba cargado de odio. Odio hacia la vida,
hacia el mundo, hacia el ruido, hacia las palabras de ella y su estúpida sonrisa.
La odiaba y ese odio le provocaba un
infinito placer. Placer y dolor. El dolor a perderla y el placer de haberla
besado por última vez. El dolor del pene
erecto rozando su pantalón, el placer de ese roce sobre las nalgas de ella. La odiaba,
le dolía y se excitaba. La había perdido para siempre, ella se había ido y el
imaginó por un momento lo que ella podía estar haciendo. Quizá hacía el amor
con otro. El solo pensarlo le provocó un dolor muy fuerte que atravesó su estómago
y las lágrimas brotaron suaves, cálidas y veloces. Al mismo tiempo un bulto
crecía entre sus piernas. La volvió a imaginar, cálida y de manos rápidas,
gimiendo, retorciéndose de placer, debajo de unos brazos más fuertes que los
suyos, lamiéndose los labios y pellizcándose los pezones, gritando, jadeando,
sudando, moviendo sus nalgas hacia adelante y hacia atrás, rápido, más rápido,
agitada, sacudiéndose de arriba abajo mientras extrañas manos acariciaban,
primero, su cara, sus labios, su lengua, bajaban a su pecho ayudándole a aprisionar sus pezones, descendían con fuerza y lentitud hasta sujetar fuertemente su
cadera ante los pequeños golpecitos vaginales de semen… Él no aguantó más,
corrió al baño y se masturbó con fuerza y velocidad inusitadas. Una mezcla de
placer-odio-soledad-tristeza lo inundaba. Apretó con fuerza su mano, las
lágrimas fluían con un extraño lamento hasta que alcanzó lo que creyó fue un
orgasmo y miró su mano vacía de semen y con gotas de sangre. Dolía su recuerdo,
su orgullo, su placer, su miembro, su
soledad. Se miró al espejo, tenía los párpados hinchados y los ojos rojos que
le ardían a causa de la luz. Resignado se lavó las manos, luego la cara y se
acostó a dormir, no sin antes volverse a masturbar. Esta vez la imaginaría con
una mujer.
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