Las paredes que no hablaron

Caminé con frío en lindas calles sin sol ni gente. Buscaba algo, el amor olvidado, quizá perdido, quizá pausado. Iba día tras día, llegaba a la orilla de la ciudad y veía el mar, pensaba en tí, en mí, sentía dolor. Un vacío provocado por el frío, la distancia, la indiferencia de la gente en donde estaba, la soledad autoinfligida, los lugares de terror. Todo se mezclaba, sentía frío por dentro como jamás había sucedido, sentía hambre, nostalgia, incomprensión. Así salía a las calles, las recorría caminando y buscando, descubriendo paisajes para enseñarte y perdiéndome en extraños caminos para reencontrarme al poco rato, para no fallarte en un futuro recorrido. Me apasionaban los trenes y el extraño y raro calor que de vez en cuando llegaba. Todo, metido en una licuadora, me convirtió en las noches en tu terrible monstruo. Pero había algo que siempre hacía: buscaba palabras en las paredes, como si ellas pudieran explicar lo que sucedía o que por algúna extraña razón mandaran el mensaje que veía hasta ti. Todo fue en vano, pero algunas veces ellas, las paredes, decían más de lo que yo podía decir.

 La Rambla  y Ciudad Vieja en Montevideo



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