Soy adicto a mi cotidianidad y me encuentro en el shock de la abstinencia cuando he dejado de hacer lo que hice por años, es decir, escribir y leer por la obligación moral y orgullo propio de tenerlo que hacer. En esta nueva, deprimente y desesperante realidad pasan días sin que escriba una sola línea y la angustia de no hacerlo me entristece. Para evitar esta situación, hace un año tuve la iniciativa de crear una nueva costumbre consistente en despertar a las ocho de la mañana para escuchar el noticiario y no levantarme hasta que ha terminado. Algunas veces me levanto apenas termina, otras, que son las más, vuelvo a mal dormir hasta las once del día en que bajo a desayunar. A la una de la tarde me siento ante la computadora, miro el último párrafo escrito que usualmente lleva así días y entonces busco información… caigo en el juego del hipertexto que me lleva de página en página, de libro en libro, de pensamiento en pensamiento que cuando caigo en cuenta ha pasado toda la tarde, bajo ...
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