vacío
Caminó por aquella añeja vereda subiendo el cerro, a su lado solo se extendían las viejas cercas empedradas y alguna casa abandonada de vez en cuando. Todos se van, pensó, cuando muera no quedará nadie y cada piedra de la cerca caerá, quizá por su propio peso, empujada por el cansancio centenario de la piedra de abajo o también por una inexplicable voluntad del viento... las tejas rotas y la soledad en la tierra son lo único que hay.
Hace tiempo que los murmullos de la noche dejaron de asustarlo por que hacen que se sienta menos solo, sabe que los difuntos dueños de las voces al menos lo acompañan o lo cuidan por que como él desearon quedarse para siempre en esas tierras...
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Buscó en las canastas vacías que las telarañas habían fijado a la pared, abrió el cajón del único mueble que quedaba y no estaban ahí, sacó las bolsas de su pantalón llenas de polvo y papeles viejos usados, no reconoció lo que buscaba y apareció de nuevo esa sensación que agujeraba su estómago y que no era hambre ni dolor. De pie en la puerta vieja que rechinaba al abrirse miró hacia dentro y vio oscuridad, no recordaba qué estaba haciendo en ese lugar, por más que intentaba no lograba encontrar esos pensamientos que le explicaran cómo llegó hasta ese momento y cuál era su nombre. De pronto su garganta se endureció por dentro como si hubiese tragado un trapo seco y duro que no pasa, se miró en un viejo espejo empañado y vio lo que los demás ven, por fin supo qué significa olvidar...