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El papel fotográfico no es bueno para hacer fogatas, arde demasiado a prisa, casi ni deja sentir su calor, además deja un extraño humo negro que pica la nariz. El sujeto de la imagen burbujea y así desaparece en una extraña lava multicolor. Esta noche, como pérdida (o ganancia) de identidad desapareció así, dejando como único recuerdo ese picor.
Lenta pero implacable, la llama hace lo mismo con los pedazos de papel llenos de palabras. Tienen mayor resistencia a botarse del recuerdo. No importa. También saben arder.

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